27.2.12

Una sociedad

Para poder definir una sociedad enferma hemos de hallar una sociedad compuesta por individuos dependientes, débiles, sometidos a las circunstancias de tal modo que solo frecuentando estupefacientes sean capaces de mantenerse a flote.
Una sociedad así buscaría, posiblemente, fundamentarse en valores abstractos para así distraer la atención de sus delitos y faltas corrientes.
Una sociedad así sería una fuente de sonido ensordecedor: bajo un barniz tenue de civilización (de lo que es correcto), fluye el río proceloso de la violencia (de lo que nunca ha dejado de ser conveniente).

22.2.12

Sucede que

Un individuo exitoso, con don de gentes, honrado y afable, da en regalar sus posesiones olvidando publicar al tiempo las razones que le llevan a hacerlo.
Inevitablemente, en su entorno se hacen conjeturas: se prepara para morir (suicidio en ciernes, enfermedad irreversible...); ha decido prescindir de todo lo conseguido puesto que íntimamente lo considera usurpación y carga al respecto mala conciencia; quiere comenzar de cero y volver a conseguirlo todo para demostrar que su vida da para acumular dos veces lo que otros no tendrán nunca...
Respecto a esto último, repetir el éxito le puede resultar más sencillo ahora. Ya conoce el camino y las triquiñuelas, cuenta con multitud de clientes, parásitos de su actual generosidad, y sabe que le ayudarán a ascender y también que su actitud les ofende y que le guardan rencor y que no les podrá dar la espalda y por lo tanto no se la dará...
De la melancolía que nos lleva a desistir y la enfermedad que no podemos vencer, no diré nada. Tampoco de los motivos que llevan a un hombre a limpiar su conciencia y ponerse a bien consigo mismo.
Las tres causas citadas (que por supuesto pueden entremezclarse y confundirse caprichosamente enredando todo el asunto) no agotan la etiología del comportamiento de nuestro héroe que tanto ha dado que hablar.
Sus allegados creen que se ha trastornado al contraer una patología muy poco corriente que algunos especialistas de la Escuela de Noruega han llamado "síndrome de Diógenes inverso" y que popularmente ha venido a denominarse desatesoración (término objeto de encendidos debates en la Real Academia) y que tal vez en sus más extremas manifestaciones pueda llevar a la ablación de las propias extremidades... Pero no sigamos por ahí.
Quién puede dar razón de las intenciones que encierran nuestros actos. Ni nosotros siquiera. No seré yo quien añada más conjeturas o suposiciones o hipótesis para intentar dilucidar este asunto puesto que hacerlo sólo contribuiría a enfangarlo.
Dejadme decir, sin embargo, que estaba presente el lunes que este individuo volvió a su trabajo -una conocida firma de abogados de la capital- tras unos días de descanso. Dos aparatosos vendajes cubrían los laterales de su cabeza, a la altura de las patillas. Como lo que nos une es una relación estrictamente profesional, nadie le preguntó por el destino de sus orejas.

21.2.12

Simplificación de razón práctica

Si cada uno de nosotros, obedeciendo una intuición kantiana muy simple, nos empeñasemos en el cumplimiento estricto de nuestro deber y en favorecer, según nuestras posibilidades, la felicidad ajena, cada uno de nosotros tendría a todos los demás, generosos y honestos, velando su bienestar y no solo a uno, egoísta y enojado.

13.2.12

El Príncipe

"Sentado en un banco, inerte, contemplaba la devastación que Bendicó extendía por los viales. De vez en cuando, el perro volvía hacia él sus mirada inocente como solicitando una alabanza por su eficiente tarea: catorce claveles destrozados, medio seto arrancado, un canal obstruido. Parecía un hombre realmente.
-¡Quieto Bendicó!, acércate.
Y el animal se acercaba, ponía en su mano el hocico terroso para demostrarle que le perdonaba por la necia interrupción de su cuidadosa labor".

De Giussepe Tomasi Di Lampedusa dice su editor, Giorgio Bassani (que solo lo vio una vez y que, por casualidad, se encontró con una copia mecanografiada y sin firma de Il Gattopardo en 1958, y al que bastaron las primeras líneas para comprender la profundidad y el valor de la obra), que "era un caballero alto, corpulento, taciturno, de rostro pálido, con esa palidez grisácea de los meridionales de piel oscura". Y que "por el gabán cuidadosamente abotonado, por el ala del sombrero caído sobre los ojos, por el nudoso bastón en que, al caminar, se apoyaba pesadamente, uno, a primera vista, lo habría tomado, ¡yo que sé!, por un general de la reserva o algo semejante".
Cuando lo buscó, supo que había muerto en Roma en los primeros días del veraño de 1957.
(Del Prólogo a la edición italiana, traducción de Fernando Gutiérrez).

9.2.12

Pasar corriendo

Cuando sales a correr, el paisaje se expande en todas las direcciones, se agiganta en la misma proporción que tú te reduces. La carretera deja de ser ese familiar soporte grisáceo por el que sueles pasar fugaz, atento sólo a no sobrepasar sus márgenes, para convertirse en un camino abierto, interminable, bordeado de infinitas pequeñeces, que cruza como un puente colgante sobre el abismo de la Sierra o se entierra en ella, entre árboles y acantilados de pizarra...
Y el insecto pasa, contra el viento, endureciendo su endoesqueleto, pleno, dejando que cuajen en su memoria los detalles de los diversos rincones de su reino...

5.2.12

Contar las cuentas del collar en lugar de ponérselo

Hoy, sin ir más lejos, un tipo como yo se despierta a eso de la 9 y 20 minutos de la mañana y se queda mirando al techo: un artesonado de madera de esos que siempre esconden alguna novedad entre grietas, nudos y manchas de barniz (puedes pasarte horas imaginando formas, como bajo un cielo nuboso o una noche estrellada). El tipo se despereza y da en pensar -no porque se haya despertado meditabundo, reflexivo o pesimista, sino precisamente por lo contrario-, y pensando tropieza con esta frase: "pasa el tiempo y siempre la misma sensación de provisionalidad: llegará el día en que el tiempo se detenga y yo seré el que siempre he buscado ser y estaré donde siempre he deseado estar...". La infantil ocurrencia le hace reír y lo haría de buena gana, a carcajadas, pero no quiere despertar a quien duerme a su lado...
Me confesó que hoy el café de siempre le supo como nunca.

2.2.12

Enfermos

Tropiezo muy a menudo con individuos que se presentan a sí mismos como enfermos. Que hacen ostentación de su dolencia. Úlceras, neuralgias, terribles jaquecas, insolubles e irreversibles alteraciones... Sus debilidades les valen para definirse, sus males congénitos o recientemente adquiridos les confieren individualidad. No es lo que han logrado, lo que son, lo que hacen por los demás, el asiento de su orgullo sino las afecciones que el destino, o la casualidad, les obligan a sufrir... Citan listas de medicamentos, nombran especialistas, rememoran los momentos en que estuvieron al borde de la muerte como un soldado los riesgos del combate. Carecen del mínimo pudor cuando describen los detalles de sus molestias ante un extraño con el que conversan unos instantes. Suelen responder al "¿qué tal?", retórico, con un "mal, etc...". Cuentan todo lo que precisamente un enfermo callaría.

Matrix

Hay una realidad creada en la que damos por bueno vivir, a la que nos sometemos y contribuimos. Matrix existe como espejismo que nos deslum...