16.5.17

Un tipo moderno

Dejó incluso de escribir durante un año pero no dejó cada día de tener presente que no le quedaba más remedio que volver a hacerlo.
Dejar de escribir de enero en adelante había supuesto al principio, como toda novedad que creemos poder transformar en hábito, un alivio, como quitarse un zapato apretado, pero pronto comenzó a sentir la rozadura cada vez con más intensidad y todo el asunto comenzó a ser más y más molesto y a estar siempre presente...
Dejar de escribir había incluido todo, también el diario que llevaba irregularmente desde hacía un par de décadas. Y los proyectos inconclusos, y los apuntes acá y allá, y lo de desvelarse y comenzar a contarse una historia que tantas horas de sueño le había quitado. Todo eso también.
Todo y, por lo tanto, cuanto hizo recuento, creyó que apenas nada le quedaba.
La obsesión permanecía, pero era más intensa en la privación. Antes de prohibirse a sí mismo escribir con intención literaria una sola palabra más, la carga que comportaba ser escritor sin escribir, sin dejar de ser una situación molesta, resultaba mucho más llevadera.
¿Cómo explicarlo?
¿Por qué hacerlo o dejar de hacerlo?
Vanidad, sentido.
Y cuando leía sus textos, le parecía todo tan cargado de necedad y tan poco útil, tan manido y ya escrito y leído...
Es un tipo educado y muy aburrido; sin auténticas necesidades y oscuros deseos de llegar a ser mejor de lo que por el momento cree ser.

5.5.17

Emboscarse

En los parlamentos, en los púlpitos, en los mostradores oficiales, se defiende a los perseguidores y no a los perseguidos. Esas son las reglas del juego; con todo, jugamos.
"Vivimos en unos tiempos en que resulta difícil distinguir la guerra de la paz. Los matices han borrado las fronteras que separan el servicio militar del crimen. Esto es algo que engaña incluso a los ojos de los perspicaces, pues la confusión de los tiempos, la culpabilidad general, afecta a cada caso particular." (E. Jünger, 1951).
También dice Jünger que faltan príncipes que piensen en la totalidad y no en lo particular; en su lugar, el poder es detentado por facciones que se nutren de los cuadros de los partidos.
Soslayando el aristocratismo y la ingenuidad del alemán, no andaba descaminado al subrayar, ya entonces, la caracterización de lo político como lugar de choque de lo irreconciliable, de la guerra entre intereses, de la enemistad en la que no existe propiamente diálogo, si acaso conversaciones en las que cualquier acuerdo es un paso atrás, una concesión al enemigo. El espíritu democrático exige que todos estos elementos figuren en el discurso, pero carece de valor práctico. Los partidos se reafirman en el dogmatismo no en la búsqueda de lo común. Los partidos enraízan en grupos, facciones, agrupaciones, que se definen antes que nada por ser el reverso de sus enemigos.
Los totalitarismos fueron capaces de despersonalizar a sus víctimas; también despersonalizaron a los verdugos que "cumplían órdenes" y suspendían su responsabilidad, banalizando las acciones más atroces. Los totalitarismo simplificaron el mundo y el individuo pasó a ser una máquina aniquilable o aniquiladora.
Ahora, militamos, habitamos ideologías y nos acomodamos a decir lo que "hay que decir" y pensar lo que "hay que pensar" si pertenecemos al grupo, si eres unos de los nuestros y no uno de los "otros" odiosos; maquinalmente, irracionalmente: a pesar de no desconocer lo que sucedería si nos parásemos unos segundos a pensar.
"Emboscarse", por volver al alemán, es salir de ese círculo de consignas y militancias.
Lo que está en juego es la moralidad individual en libertad.
Cada uno príncipe de sí mismo, pero príncipe honesto, capaz de trabajar en la reconstrucción de lo común.

Jünger, E., La emboscadura (Der Waldgang, 1951), Traducción Andrés Sánchez Pascual, Tusquets, Barcelona, 2011, p. 147.

Matrix

Hay una realidad creada en la que damos por bueno vivir, a la que nos sometemos y contribuimos. Matrix existe como espejismo que nos deslum...