17.2.15

Barthas en la guerra

"De regreso en el seno de mi familia, tras años de pesadillas, disfruto la felicidad del vivir o, mejor dicho, de revivir y siento una tierna alegría con ciertas cosas a las que, antes, no les prestaba atención: sentarme en mi casa, a la mesa; echarme en mi cama para acechar el sueño mientras el viento agita las persianas y lucha contra los plátanos vecinos; oír cómo la inofensiva lluvia golpea contra las baldosas; contemplar una noche estrellada, serena, silenciosa o incluso evocar, en una sombría noche sin luna, aquellas noches similares que debí pasar en el frente..."
"A menudo pienso en los numerosos camaradas que cayeron a mi lado. Pude oír sus imprecaciones contra la guerra y contra los responsables de ella. Asistí a su más sentida revuelta contra ese funesto destino, contra ese asesinato. Y yo, que he sobrevivido, me inspiraré en su voluntad para luchar sin descanso, hasta el último aliento, por la paz y la fraternidad humana."
Con estos dos párrafos escritos en febrero de 1919, extrañamente serenos y profundos, cierra el tonelero Louis Barthes sus Carnets de guerre.
Diecinueve cuadernos, en páginas de letra pulcra y elegante en las que incluía aquí y allá fotos y postales, bastaron a este rebelde socialista y pacifista, seguidor de Jaurés, para levantar acta paciente de sus cuatro años en el frente de la Gran Guerra: Verdún, Somme, Chemin des Dames –donde en la última quincena de abril de 1917 murieron casi 150 mil soldados franceses–... Desfilan por ahí personajes entrañables y fugaces, imbéciles con poder e imbéciles sin él, pueblos que van pasando de la euforia a las lágrimas, balas y obuses, cadáveres, edificios destruidos... pasa la guerra descrita como un juego absurdo e inhumano, conducido por necios y en la que mueren los humildes, de la que él salió sin embargo milagrosamente indemne. Como un inmortal de regreso de Troya, volvió feliz a su oficio y a su pueblo, con su familia y sus amigos, convencido de la verdad de sus convicciones. Murió en 1952, a los 73 años.
Barthas, L., Les carnets de guerre de Louis Barthas, tonnelier, 1914-1918, Éd. François Maspero, Paris, 1977 (préfacé par Rémy Cazals). En castellano, mismo título, traducción de Eduardo Berti, Ed. Páginas de Espuma, Madrid, 2014, p. 645.

12.2.15

Delitos, penas y lo irracional

En criminología se diferencia entre "miedo al delito" y "preocupación por el delito". Resulta superfluo definir tales conceptos, no esconden ninguna doblez léxica, se refieren precisamente a lo que parecen referirse en el lenguaje coloquial. El interés (y la razón de que estén en este texto que versa sobre el delito y la pena) está en lo paradójico de la confrontación entre ambos en el ámbito social. Parece que de sencillas estadísticas al respecto podemos inferir que tales conceptos no son directamente proporcionales. Cabría esperar que una alta preocupación por el delito se correspondiese con un acusado miedo al mismo en el seno de una sociedad,  y viceversa, que el miedo a ser víctimas de un delito generase una preocupación constante e intensa respecto a la fragilidad o solidez de nuestra seguridad. Y resulta, al menos es nuestro país, no ser así.
De nuevo, es fácil demostrar que somos una sociedad segura, con mínimos índices de delincuencia, en donde cada uno de sus miembros tiene en realidad muy bajas posibilidades de verse involucrado en un delito grave o muy grave. Tal circunstancia es percibida nítidamente por los individuos de modo que si se les pregunta por las precauciones que toman para mejorar su seguridad, por lo general, admiten no tomar casi ninguna, que la seguridad no está entre sus prioridades, que antes están otras cosas. Sin embargo, a una baja sensación de peligro se corresponde una intensa sensación de miedo al delito. Una paradoja: la gente teme profundamente algo que en realidad cree que no le va a ocurrir, o, de otro modo, la gente cree vivir en una sociedad peligrosa e inestable y sin embargo vive tranquilamente sin hacer nada para preservarse de las amenazas que de ahí puedan derivarse.
Por otro lado, un intenso miedo al delito justifica la toma de medidas penales drásticas para frenarlo (aunque es muy probable que no ocurra), de ahí que, guiados por ese miedo, mucha gente estime que la cadena perpetua es una herramienta útil y necesaria para responder a los delitos graves. No es momento de decir nada acerca de lo que nos parecen esos argumentos, quedémonos solo con la conclusión que cabe extraer de todo esto: la idea de riesgo y miedo propagada intencionadamente cuaja en el modo de pensar pero no en el modo de actuar, ayuda a conformar una ideología (entendida como imaginario individual) pero no un hábito y, por lo tanto, no siempre este es proyección necesaria de aquella.

A veces parecemos irracionales e instintivos seres con error de programación. Arrastramos la memoria de catástrofes pasadas, somos testigos virtuales de las presentes y preludiamos angustiados las futuras... Desconfiamos de la especie... Andamos muy necesitados de buenas noticias y de cualquier cosa que permita confiar en que el mal, entre nosotros, debe de ser la excepción y no la norma, de lo contrario ya no estaríamos aquí.

5.2.15

Concreción de un proyecto difuso

Parece que la crisis, esa amalgama de cosas en la que llevamos lustro y medio ya, ha traído como consecuencia en lo que a ideas se refiere un desplazamiento lento de la población hacia la izquierda. Si así fuera debería advertirse esa tendencia no solo en las encuestas, no solo en el responder a bote pronto "si hoy hubiese elecciones votaría a...", sino también en la difusión de valores o formas de entender la relaciones políticas, sociales y económicas en el seno de la comunidad. Si muchos se han ido deslizando hacia el lado progresista hasta ser más que los que no lo han hecho, tendrá ello en buen lógica que suponer que la mayoría estima que son elementos positivos para la comunidad la defensa de lo público frente a lo privado, la cooperación y solidaridad frente al interés propio, la honestidad, la distribución de la riqueza, la prosperidad compartida, la responsabilidad, la preservación del medio ambiente, la igualdad, la libertad, el diálogo y la crítica constructiva, etc. Si así fuera, significaría que la crisis nos ha hecho moralmente mejores a todos a través de la evolución de cada uno, conclusión esperanzadora puesto que igualmente podríamos haber ido en sentido contrario y caer hacia el lado totalitario, por ejemplo.
Así ya solo restaría conformar, como tarea titánica pero posible y necesaria, un proyecto como país a medio y largo plazo, pensar a dónde vamos, a dónde queremos llegar y establecer estrategias para conseguirlo. Cómo solventaremos el endeudamiento, resolveremos el problema territorial, encajaremos en un estado laico a la Iglesia católica, cuál será nuestra política energética y qué coste ecológico tendrá, cómo racionalizaremos sectores industriales y de servicios para que sean prósperos y competitivos, cómo lograremos que las empresas no tengan como objetivo fundamental solo el beneficio sino también la utilidad del servicio o el producto y el bienestar de sus trabajadores, cómo fomentaremos la educación pública y como haremos de nuestra universidad una institución útil de la que sentirnos orgullosos... En fin, cómo moralizar la vidad pública para que las personas sean fines y no medios según exige su dignidad.
Pero a esas alturas se suele tropezar con obstáculos.
Están por ejempo los partido políticos, esas jarárquicas y muy poco democráticas máquinas de pensar en lo suyo a cortísimo plazo, improvisando, con programas de última hora que concretan algo ideas vagas y difusas que creen que es lo que la gente, su electorado, quiere oír. De los cuales no es difícil concluir si bien se piensa que se han convertido en armatostes decimonónicos prescindibles y abandonado sin saberlo su carácter de exclusivos clubs a los que ineludiblemente hay que acudir, o imitar, a la hora de hacer política.
Y luego están los media que no sirve a la sociedad sino que la moldean para que quepa en la imagen que los grupos de poder tienen de ella. Que quisieran ser ámbitos donde crear pensamiento y contrastar ideas y son simplemente escaparates donde tomar ocurrencias para conformar opiniones sin trascendencia.
Y luego estamos nosotros, los ciudadanos anestesiados, enfadados con todos y con todo, sentados, propagando ideas desechables que se incorporan sin consecuencia al estruendo de fondo y esperando a que se nos pase la fiebre progresista, ya enfermamos otras veces...

1.2.15

Podemos y el chimpancé que llegó a alcalde

Es tópica, y casi fútil, cualquier advertencia sobre el dramático peso de los media en la creación de opinión entre el público. Para comprender su alcance y capacidad de esculpir en nuestras cabezas lo que les venga en gana hice esta pasada semana un experimento casero en el que no invertí mucho tiempo ni mucho esfuerzo pues sus condiciones me vinieron dadas (como a cualquier otro ciudadano expuesto a "la actualidad"). Consistió la cosa en prestar oídos a los medios de comunicación más habituales, de mayor repercusión, y ver si ese sumergirme en su runrún moldeaba alguna nueva impresión en mí o modificaba alguna previa.
Por supuesto, estaba convencido de que mi sentido crítico y el hecho de que estuviese avisado del asunto me permitirían salir indemne.
No me fue difícil la inmersión como decía toda vez que el dial casi no ofrecía otras cosa (además de cadenas de música desechable) y la prensa que frecuenté fue solo aquella que anda por ahí, en nuestro entorno (en ese quiosco, sobre aquella mesa, en la barra de cualquier bar...).
La idea (opinión) que decidí poner en jaque (aunque es difícil deslindar un contenido de la conciencia de otros) fue mi simpatía por la novedad en el panorama político español, Podemos.
Esa positiva consideración (intuyo) asienta en algunos simples argumentos para mí suficientes:
1. Evidentemente, en su carácter de novedad frente a la cansada presencia de lo viejo en la vida pública (asunto siempre funesto incluso aunque esos "viejos" hubiesen tenido un comportamiento intachable y eficiente).
2. En la vertiente intelectual de la propuesta (la actualización de la teoría política de izquierda).
3. En la constatación de que vienen de un ámbito ideológico activo, militante, en que han estado muchos años y en el que se han esforzado generosamente por mejorar las cosas, sin esperar poder jamás estar donde están, lo que le ha venido en cierto modo sobrevenido (aunque también se deba en parte a su habilidad para aprovechar circunstancias que otros han tenido y han dejado pasar, lo que habla bien de su resolución y confianza en sí mismos), y, por lo tanto, su esfuerzo inicial lo era sin sospechar esta recompensa (ni tampoco la altura moral que ahora se les exige, claro).
4. En que creo que son pragmáticos, que su propuesta es socialdemócrata, que no se puede ir más allá en el marco en el que estamos y que si tienen al fin responsabilidades de gobierno sustentarán y fomentarán el estado del bienestar, único modo de asegurar cierta igualdad y dignidad para los miembros de las comunidades democráticas del universo liberal (y también la paz social, dicho sea de paso)... Y por último,
5. En que "los de siempre" necesitan una lección democrática o de lo contrario sacarán de nuevo la conclusión, como ya otras veces, de que todo vale (parafraseando con trampa a Dostoievski "si el cambio no existe, todo está permitido").
Pero todo esto no hace al caso, el caso es el experimento: lo cierto es que, después de la atención constante a tales medios de comunicación (de muy variado pelaje, aparentemente), en los que no oí ni leí prácticamente nada bueno de estos "recién llagados", hacia el final de semana comencé a tener alguna sospecha respecto a su intención y oportunidad, digamos que se ensombreció un tanto mi simpatía, lo que solucioné rápidamente viendo en youtube algunos programas de La Tuerka.
Un tipo que conocí decía: "dame un buen peluquero y un par de periódicos y haré alcalde a un chimpancé", creí que exageraba.

Matrix

Hay una realidad creada en la que damos por bueno vivir, a la que nos sometemos y contribuimos. Matrix existe como espejismo que nos deslum...