16.6.13

Catálogo de reflexiones

Dice Muñoz Molina que es difícil explicar el origen de la tristeza de las tardes de domingo. Tal vez aquí encontremos algo que nos permita fundamentar tan general desánimo (entre otras muchas cosas):
http://m.youtube.com/#/watch?v=kdeXFsbCb2k

12.6.13

Intuición

Hay que dejar a un lado la necedad y leer a Benet, precisamente ahora. Y a Hidalgo Bayal y a Ferlosio, además.

11.6.13

Aquella tarde que pudo ser cualquier otra

Vamos, qué insinúas, escuchando el concierto para piano de Schumann, escuchando como hierve el arroz en la cazuela de Ikea sobre la placa de inducción, escuchando como la lluvia golpea sin piedad el cristal grueso de la claraboya justo encima de mí como si lo hiciese en un parabrisas de un coche lanzado a doscientos por hora por la AP-9, armado con esta estilográfica gloriosa, domándola, sujetándola con la fuerza justa para que la letra fluya pero no tanto como para que se torne ilegible, sentado en esta silla, comprada junto con la mesa bajo cuyo cristal resplandecen unos dibujos de Ana y uno a lápiz mío (que me recuerda a mis padres precisamente porque representa una escena que muy pocas veces les vi representar a ellos aunque debieron de hacerlo más a menudo de lo que yo pude presenciar, pero en la intimidad, en esa intimidad de antes que era más amplia e inaccesible y no diluida: un abrazo pleno de ternura que incluye un rozarse levemente la mejillas), en una de esas tiendas tan modernas del ensanche en las que apenas se puede encontrar un objeto que sea en verdad duradero y útil y que a estas alturas ya han liquidado existencias, y envuelto en esta atmósfera diáfana y agradable, envolvente, de claridad amarillenta que emana de dos puntos de luz, una lámpara de pie esbelta y la bombillita encastrada en la campana extractora, y en este confortable ambiente de 21 grados centígrados que la caldera rumorosa se encarga de mantener en esta tarde-noche que de todos modos incluso fuera no es tampoco fría, sí desapacible por el viento y la lluvia pero no fría, y en este lapso de tiempo que media entre el dejar a un lado el libro de Egan, desalojar del lavavajillas y poner a cocer arroz con aceite y ajo, y la llamada sobresaltante de Na al interfono que será el momento de aplazar lo que esté haciendo, podría escribir y escribir y escribir y llenar varias libretas como ésta sin un ápice de cansancio y sin que jamás, ni por un instante, llegase a esa encrucijada en la que algunos admiten que se quedan en blanco, sin nada más que añadir, sin palabras, y lo haría por nada, solo por el placer de hacerlo, como el que no deja de correr una vez que se ha echado al asfalto o el que no es capaz de callarse, solo por el placer inexplicable y fantástico de seguir siempre adelante, siempre diciendo algo...

9.6.13

Metáforas para estos extraños días

Una vez conocí a un tipo tan frágil como la gelatina de fresa por su color y su aspecto apelmazado cuando articulaba palabras en una lengua incomprensible llena de sonidos consonánticos que sonaban como golpes de cuchara sobre una lata vacía. Y no fue en un sueño aunque debería por una cuestión de elemental equilibrio haber sido en un sueño fácil de olvidar después del café negro del despertar sino en la realidad dudosa también de la media mañana en el banco de un parque debajo de una fila de arces desnudos muy al modo de Hamsum. Y allí se quedó cuando intuyendo imposible cualquier diálogo puse distancia por el simple procedimiento de irme de ese céntrico parque de una gran ciudad en la que de seguro abundan individuos de los que emana ese tipo de profunda extrañeza u otras todavía más profundas.
Hace un mes casi divisé a dos hombre peleando ante un espejo que multiplicaba sus ademanes y gestos de agresión tal vez simulada y por lo tanto improductiva, huera de los efectos habituales en los asuntos de violencia de modo que todo acababa por ser apenas una danza o un ensayo de la misma, la metáfora de un combate destinado no a ese momento que era de privado entrenamiento sino a otro tal vez ante un público del que se esperaba que sacase conclusiones del sentido de todo aquello y de la estética concernida por el movimiento medido sin resonancias ni historicidad de los contendientes.
Y presencié en estos extraños días otras cosas también que huelga traer a colación o rememorar porque estoy al tanto de que lo que yo os pueda contar, lo haga como lo haga, con énfasis, cuidado, sinceridad, ahínco, seriedad o molicie, viene a importaros un bledo y el tiempo que invierto en ello es tiempo perdido del que no suelo sacar provecho alguno sino más bien desánimo: única recompensa que merece por otro lado mi vanidad.

Matrix

Hay una realidad creada en la que damos por bueno vivir, a la que nos sometemos y contribuimos. Matrix existe como espejismo que nos deslum...