Cuando sales a correr, el paisaje se expande en todas las direcciones, se agiganta en la misma proporción que tú te reduces. La carretera deja de ser ese familiar soporte grisáceo por el que sueles pasar fugaz, atento sólo a no sobrepasar sus márgenes, para convertirse en un camino abierto, interminable, bordeado de infinitas pequeñeces, que cruza como un puente colgante sobre el abismo de la Sierra o se entierra en ella, entre árboles y acantilados de pizarra...
Y el insecto pasa, contra el viento, endureciendo su endoesqueleto, pleno, dejando que cuajen en su memoria los detalles de los diversos rincones de su reino...
4 c:
Los caminos no son ni de obras públicas, ni de dios, ni de nadie, son de los pasos, fueron ellos quienes los han ido tallando sin misterio. Naturaleza que alcanza también a las carreteras, que culpan tienen ellas del asfalto, esa ceguedad que las humilla y aparta de su condición.
Hermosa reflexión.
Recibe un fraternal abrazo.
Hace tiempo que no corro; ahora paseo, por lo que el paisaje es más duradero, todo se aprecia de manera diferente cuando paseas. Pero he visto en tus letras,con nitidez cinematográfica,las ramas de los árboles pasar, rozándome la cara y la carretera que a partir de un punto en el infinito se acerca y me traga.
Fon, ¿te acuerdas de la Macoca?, en la monte Aloya, íbamos a correr a veces (bueno, nuestro deporte extremo era más bien darnos una caminata de 30 km, ver el mar y volver en autobús), pero también corríamos... Que tempos aqueles cando o demo era mozo!
César, qué más da correr o pasear, en cualquier caso se trata de orear un poco el cabreo...
Muchas gracias a ambos por vuestros comentarios.
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