Un individuo exitoso, con don de gentes, honrado y afable, da en regalar sus posesiones olvidando publicar al tiempo las razones que le llevan a hacerlo.
Inevitablemente, en su entorno se hacen conjeturas: se prepara para morir (suicidio en ciernes, enfermedad irreversible...); ha decido prescindir de todo lo conseguido puesto que íntimamente lo considera usurpación y carga al respecto mala conciencia; quiere comenzar de cero y volver a conseguirlo todo para demostrar que su vida da para acumular dos veces lo que otros no tendrán nunca...
Respecto a esto último, repetir el éxito le puede resultar más sencillo ahora. Ya conoce el camino y las triquiñuelas, cuenta con multitud de clientes, parásitos de su actual generosidad, y sabe que le ayudarán a ascender y también que su actitud les ofende y que le guardan rencor y que no les podrá dar la espalda y por lo tanto no se la dará...
De la melancolía que nos lleva a desistir y la enfermedad que no podemos vencer, no diré nada. Tampoco de los motivos que llevan a un hombre a limpiar su conciencia y ponerse a bien consigo mismo.
Las tres causas citadas (que por supuesto pueden entremezclarse y confundirse caprichosamente enredando todo el asunto) no agotan la etiología del comportamiento de nuestro héroe que tanto ha dado que hablar.
Sus allegados creen que se ha trastornado al contraer una patología muy poco corriente que algunos especialistas de la Escuela de Noruega han llamado "síndrome de Diógenes inverso" y que popularmente ha venido a denominarse desatesoración (término objeto de encendidos debates en la Real Academia) y que tal vez en sus más extremas manifestaciones pueda llevar a la ablación de las propias extremidades... Pero no sigamos por ahí.
Quién puede dar razón de las intenciones que encierran nuestros actos. Ni nosotros siquiera. No seré yo quien añada más conjeturas o suposiciones o hipótesis para intentar dilucidar este asunto puesto que hacerlo sólo contribuiría a enfangarlo.
Dejadme decir, sin embargo, que estaba presente el lunes que este individuo volvió a su trabajo -una conocida firma de abogados de la capital- tras unos días de descanso. Dos aparatosos vendajes cubrían los laterales de su cabeza, a la altura de las patillas. Como lo que nos une es una relación estrictamente profesional, nadie le preguntó por el destino de sus orejas.
22.2.12
21.2.12
Simplificación de razón práctica
Si cada uno de nosotros, obedeciendo una intuición kantiana muy simple, nos empeñasemos en el cumplimiento estricto de nuestro deber y en favorecer, según nuestras posibilidades, la felicidad ajena, cada uno de nosotros tendría a todos los demás, generosos y honestos, velando su bienestar y no solo a uno, egoísta y enojado.
13.2.12
El Príncipe
"Sentado en un banco, inerte, contemplaba la devastación que Bendicó extendía por los viales. De vez en cuando, el perro volvía hacia él sus mirada inocente como solicitando una alabanza por su eficiente tarea: catorce claveles destrozados, medio seto arrancado, un canal obstruido. Parecía un hombre realmente.
-¡Quieto Bendicó!, acércate.
Y el animal se acercaba, ponía en su mano el hocico terroso para demostrarle que le perdonaba por la necia interrupción de su cuidadosa labor".
De Giussepe Tomasi Di Lampedusa dice su editor, Giorgio Bassani (que solo lo vio una vez y que, por casualidad, se encontró con una copia mecanografiada y sin firma de Il Gattopardo en 1958, y al que bastaron las primeras líneas para comprender la profundidad y el valor de la obra), que "era un caballero alto, corpulento, taciturno, de rostro pálido, con esa palidez grisácea de los meridionales de piel oscura". Y que "por el gabán cuidadosamente abotonado, por el ala del sombrero caído sobre los ojos, por el nudoso bastón en que, al caminar, se apoyaba pesadamente, uno, a primera vista, lo habría tomado, ¡yo que sé!, por un general de la reserva o algo semejante".
Cuando lo buscó, supo que había muerto en Roma en los primeros días del veraño de 1957.
(Del Prólogo a la edición italiana, traducción de Fernando Gutiérrez).
-¡Quieto Bendicó!, acércate.
Y el animal se acercaba, ponía en su mano el hocico terroso para demostrarle que le perdonaba por la necia interrupción de su cuidadosa labor".
De Giussepe Tomasi Di Lampedusa dice su editor, Giorgio Bassani (que solo lo vio una vez y que, por casualidad, se encontró con una copia mecanografiada y sin firma de Il Gattopardo en 1958, y al que bastaron las primeras líneas para comprender la profundidad y el valor de la obra), que "era un caballero alto, corpulento, taciturno, de rostro pálido, con esa palidez grisácea de los meridionales de piel oscura". Y que "por el gabán cuidadosamente abotonado, por el ala del sombrero caído sobre los ojos, por el nudoso bastón en que, al caminar, se apoyaba pesadamente, uno, a primera vista, lo habría tomado, ¡yo que sé!, por un general de la reserva o algo semejante".
Cuando lo buscó, supo que había muerto en Roma en los primeros días del veraño de 1957.
(Del Prólogo a la edición italiana, traducción de Fernando Gutiérrez).
9.2.12
Pasar corriendo
Cuando sales a correr, el paisaje se expande en todas las direcciones, se agiganta en la misma proporción que tú te reduces. La carretera deja de ser ese familiar soporte grisáceo por el que sueles pasar fugaz, atento sólo a no sobrepasar sus márgenes, para convertirse en un camino abierto, interminable, bordeado de infinitas pequeñeces, que cruza como un puente colgante sobre el abismo de la Sierra o se entierra en ella, entre árboles y acantilados de pizarra...
Y el insecto pasa, contra el viento, endureciendo su endoesqueleto, pleno, dejando que cuajen en su memoria los detalles de los diversos rincones de su reino...
Y el insecto pasa, contra el viento, endureciendo su endoesqueleto, pleno, dejando que cuajen en su memoria los detalles de los diversos rincones de su reino...
5.2.12
Contar las cuentas del collar en lugar de ponérselo
Hoy, sin ir más lejos, un tipo como yo se despierta a eso de la 9 y 20 minutos de la mañana y se queda mirando al techo: un artesonado de madera de esos que siempre esconden alguna novedad entre grietas, nudos y manchas de barniz (puedes pasarte horas imaginando formas, como bajo un cielo nuboso o una noche estrellada). El tipo se despereza y da en pensar -no porque se haya despertado meditabundo, reflexivo o pesimista, sino precisamente por lo contrario-, y pensando tropieza con esta frase: "pasa el tiempo y siempre la misma sensación de provisionalidad: llegará el día en que el tiempo se detenga y yo seré el que siempre he buscado ser y estaré donde siempre he deseado estar...". La infantil ocurrencia le hace reír y lo haría de buena gana, a carcajadas, pero no quiere despertar a quien duerme a su lado...
Me confesó que hoy el café de siempre le supo como nunca.
Me confesó que hoy el café de siempre le supo como nunca.
2.2.12
Enfermos
Tropiezo muy a menudo con individuos que se presentan a sí mismos como enfermos. Que hacen ostentación de su dolencia. Úlceras, neuralgias, terribles jaquecas, insolubles e irreversibles alteraciones... Sus debilidades les valen para definirse, sus males congénitos o recientemente adquiridos les confieren individualidad. No es lo que han logrado, lo que son, lo que hacen por los demás, el asiento de su orgullo sino las afecciones que el destino, o la casualidad, les obligan a sufrir... Citan listas de medicamentos, nombran especialistas, rememoran los momentos en que estuvieron al borde de la muerte como un soldado los riesgos del combate. Carecen del mínimo pudor cuando describen los detalles de sus molestias ante un extraño con el que conversan unos instantes. Suelen responder al "¿qué tal?", retórico, con un "mal, etc...". Cuentan todo lo que precisamente un enfermo callaría.
30.1.12
El desconocido
Se decía por ahí que había vuelto, no dimos mucho crédito. Me preguntaron: me da igual, respondí.
Al entrar, tal vez saludó, ninguno de nosotros contestamos sin embargo (yo tampoco, ahora me doy cuenta): estábamos absortos en la pantalla. Se sentó frente a la entrada, en la parte más alejada de la barra. Por casualidad, me di cuenta de que estaba mirando a Lía, pero eso fue luego, después de que el camarero se acercase a él y le dejase delante una infusión de menta o cualquier otra cosa que un individuo así, tan lejano ya en nuestro recuerdo, al que ni siquiera entretenía el fútbol, le hubiese pedido. Miraba a Lía pero no continuamente (eso era lo peor), lo hacía a intervalos, jugueteando. A Lía no le gusta el fútbol, por eso dejaba ir su mirada aquí y allá por entretenerse y entonces también miraba hacia él de vez en cuando (eso es normal): un modo de espantar el aburrimiento. Job me dio un codazo y se quejó: aquello podía terminar mal: esos hijos de puta tienen el día tonto, nos la van a preparar, verás, dijo. Job nunca te llama por tu nombre, te pide atención con el codo o dándote una palmada en la pierna: Job tiene lagunas en su educación que hay que disculpar. Pero yo no estaba para prestar mucha atención ni a Job, ni al partido, ni a Mon, que no dejaba de maldecir mientras comía cacahuetes cuyas cáscaras caían al suelo o al pliegue que hacía el chándal en su barriga. No estaba para nadie, para nada que no fuese vigilar sus miradas porque tenía ya la seguridad de que él no dejaba de mirar a Lía y que lo hacía con intención de demostrar que la miraba de otro modo a como un desconocido (prácticamente es lo que era ya, después de tantos años) debe mirar a otro, sin querer decir nada, sólo por mirar y hacer daño, o vete a saber con qué oculta intención (eso era lo peor, eso sí que podía terminar mal). A Lía le resultaba tediosa esa espera de hora y media cada domingo, hojeadas todas las revistas, qué le quedaba: seguir esperando, no había otra posibilidad, lo habíamos hablado. Por eso, como he dicho, también a veces lo miraba como a algo entre todo lo demás, y cuando sus miradas se cruzaban, él ya no retiraba la suya como hizo un par de veces al principio sino que la mantenía y era Lía quien tenía que bajar la vista. Lía hizo la primera vez un gesto de saludo, él no respondió, ella no lo repitió (es normal) y luego, desde ese momento, se miraban de vez en cuando sin gesto ni nada, sin mover un músculo (y eso era lo peor, esa complicidad muda era lo peor). Y cada vez era más frecuente y yo ya no me reía ni cuando Mon eructaba, ni cuando Job soltaba alguna de las suyas y me clavaba el codo. Estaba hipnotizado ante el espectáculo de sus miradas. Sentí un pinchazo y, al tiempo, la sensación de una inmensidad oceánica que me empequeñecía. Llegué a envidiarles, pero la cosa no se prolongó. Cayeron en la melancolía, compartieron una fugaz mueca de tristeza, bebieron al mismo tiempo. Poco a poco, como habían empezado, dejaron de mirarse, acaso porque intuyeron que la distancia que los separaba era insondable, la misma distancia infinita que separaba a Aquiles y la tortuga, o a un perro y a un gato de diferentes dueños.
Al volver, la distancia permanece, pensé. Pídeme otra, dijo Lía. Mejor nos vamos, el partido acabó, respondí.
Al entrar, tal vez saludó, ninguno de nosotros contestamos sin embargo (yo tampoco, ahora me doy cuenta): estábamos absortos en la pantalla. Se sentó frente a la entrada, en la parte más alejada de la barra. Por casualidad, me di cuenta de que estaba mirando a Lía, pero eso fue luego, después de que el camarero se acercase a él y le dejase delante una infusión de menta o cualquier otra cosa que un individuo así, tan lejano ya en nuestro recuerdo, al que ni siquiera entretenía el fútbol, le hubiese pedido. Miraba a Lía pero no continuamente (eso era lo peor), lo hacía a intervalos, jugueteando. A Lía no le gusta el fútbol, por eso dejaba ir su mirada aquí y allá por entretenerse y entonces también miraba hacia él de vez en cuando (eso es normal): un modo de espantar el aburrimiento. Job me dio un codazo y se quejó: aquello podía terminar mal: esos hijos de puta tienen el día tonto, nos la van a preparar, verás, dijo. Job nunca te llama por tu nombre, te pide atención con el codo o dándote una palmada en la pierna: Job tiene lagunas en su educación que hay que disculpar. Pero yo no estaba para prestar mucha atención ni a Job, ni al partido, ni a Mon, que no dejaba de maldecir mientras comía cacahuetes cuyas cáscaras caían al suelo o al pliegue que hacía el chándal en su barriga. No estaba para nadie, para nada que no fuese vigilar sus miradas porque tenía ya la seguridad de que él no dejaba de mirar a Lía y que lo hacía con intención de demostrar que la miraba de otro modo a como un desconocido (prácticamente es lo que era ya, después de tantos años) debe mirar a otro, sin querer decir nada, sólo por mirar y hacer daño, o vete a saber con qué oculta intención (eso era lo peor, eso sí que podía terminar mal). A Lía le resultaba tediosa esa espera de hora y media cada domingo, hojeadas todas las revistas, qué le quedaba: seguir esperando, no había otra posibilidad, lo habíamos hablado. Por eso, como he dicho, también a veces lo miraba como a algo entre todo lo demás, y cuando sus miradas se cruzaban, él ya no retiraba la suya como hizo un par de veces al principio sino que la mantenía y era Lía quien tenía que bajar la vista. Lía hizo la primera vez un gesto de saludo, él no respondió, ella no lo repitió (es normal) y luego, desde ese momento, se miraban de vez en cuando sin gesto ni nada, sin mover un músculo (y eso era lo peor, esa complicidad muda era lo peor). Y cada vez era más frecuente y yo ya no me reía ni cuando Mon eructaba, ni cuando Job soltaba alguna de las suyas y me clavaba el codo. Estaba hipnotizado ante el espectáculo de sus miradas. Sentí un pinchazo y, al tiempo, la sensación de una inmensidad oceánica que me empequeñecía. Llegué a envidiarles, pero la cosa no se prolongó. Cayeron en la melancolía, compartieron una fugaz mueca de tristeza, bebieron al mismo tiempo. Poco a poco, como habían empezado, dejaron de mirarse, acaso porque intuyeron que la distancia que los separaba era insondable, la misma distancia infinita que separaba a Aquiles y la tortuga, o a un perro y a un gato de diferentes dueños.
Al volver, la distancia permanece, pensé. Pídeme otra, dijo Lía. Mejor nos vamos, el partido acabó, respondí.
24.1.12
Por qué un hombre salta
"Un minuto que pusiera en tu cabeza lo que yo siento y me comprenderías, alcazarías a ver de qué te estoy hablando, lo que quiero transmitir y solo con palabras, las ordene como las ordena, no puedo", soltó el tipo, que hasta ese momento había permenecido en silencio.
F. le pidió que se tranquilizara: "llegaremos a un acuerdo, solo es cuestión de dar algunas vueltas más a este asunto".
"Con consejos vengo, para mí no tengo", masculló el otro.
Se le fue haciendo antipático: "acércate, así no se puede mantener una conversación".
"Esto no es una conversación".
F. cambió de estrategia: "Lo sé. Esto no es nada: salta y no nos hagas perder más el tiempo".
"Si estuviesemos muertos, nos causaría temor la vida ", dijo, y saltó...
F. estaba contento: había contribuido a solucionar un asunto que se había puesto muy feo. Nadie se lo agradeció.
F. le pidió que se tranquilizara: "llegaremos a un acuerdo, solo es cuestión de dar algunas vueltas más a este asunto".
"Con consejos vengo, para mí no tengo", masculló el otro.
Se le fue haciendo antipático: "acércate, así no se puede mantener una conversación".
"Esto no es una conversación".
F. cambió de estrategia: "Lo sé. Esto no es nada: salta y no nos hagas perder más el tiempo".
"Si estuviesemos muertos, nos causaría temor la vida ", dijo, y saltó...
F. estaba contento: había contribuido a solucionar un asunto que se había puesto muy feo. Nadie se lo agradeció.
19.1.12
Lecturas de invierno
El reloj de Carlo Levi y Conversación en Sicilia de Elio Vittorini, ambos editados por Gadir. La Invención del Mundo de Olivier Rolin, de Reverso ediciones (senoicide osreveR, quiero decir). Y todos los tres traducidos impecablemente por Carlos Manzano. Libros inmensos que llenan un invierno mediterráneo, luminoso y sereno. Gracias Hermán.
16.1.12
Vivir
Recuerda en los momentos o días o eras de dolor lo que fuiste y la placidez, el sosiego del dormir a pierna suelta, en los instantes de plenitud, y reducirás al mínimo las posibilidades de mostrarte mezquino e insignificante.
No sea para ti un peso insoportable no haber sido un genio, sí el no haberlo intentado.
Otto Weininger dice de Wittgenstein que representaba "la obligación moral frente a uno mismo de aspirar al genio, al amor intelectual a la verdad y la claridad". Por eso tal vez, pudo dejar dicho a sus amigos (y a todos nosotros) que su vida había sido maravillosa.
No sea para ti un peso insoportable no haber sido un genio, sí el no haberlo intentado.
Otto Weininger dice de Wittgenstein que representaba "la obligación moral frente a uno mismo de aspirar al genio, al amor intelectual a la verdad y la claridad". Por eso tal vez, pudo dejar dicho a sus amigos (y a todos nosotros) que su vida había sido maravillosa.
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