Emboscarse

En los parlamentos, en los púlpitos, en los mostradores oficiales, se defiende a los perseguidores y no a los perseguidos. Esas son las reglas del juego; con todo, jugamos.
"Vivimos en unos tiempos en que resulta difícil distinguir la guerra de la paz. Los matices han borrado las fronteras que separan el servicio militar del crimen. Esto es algo que engaña incluso a los ojos de los perspicaces, pues la confusión de los tiempos, la culpabilidad general, afecta a cada caso particular." (E. Jünger, 1951).
También dice Jünger que faltan príncipes que piensen en la totalidad y no en lo particular; en su lugar, el poder es detentado por facciones que se nutren de los cuadros de los partidos.
Soslayando el aristocratismo y la ingenuidad del alemán, no andaba descaminado al subrayar, ya entonces, la caracterización de lo político como lugar de choque de lo irreconciliable, de la guerra entre intereses, de la enemistad en la que no existe propiamente diálogo, si acaso conversaciones en las que cualquier acuerdo es un paso atrás, una concesión al enemigo. El espíritu democrático exige que todos estos elementos figuren en el discurso, pero carece de valor práctico. Los partidos se reafirman en el dogmatismo no en la búsqueda de lo común. Los partidos enraízan en grupos, facciones, agrupaciones, que se definen antes que nada por ser el reverso de sus enemigos.
Los totalitarismos fueron capaces de despersonalizar a sus víctimas; también despersonalizaron a los verdugos que "cumplían órdenes" y suspendían su responsabilidad, banalizando las acciones más atroces. Los totalitarismo simplificaron el mundo y el individuo pasó a ser una máquina aniquilable o aniquiladora.
Ahora, militamos, habitamos ideologías y nos acomodamos a decir lo que "hay que decir" y pensar lo que "hay que pensar" si pertenecemos al grupo, si eres unos de los nuestros y no uno de los "otros" odiosos; maquinalmente, irracionalmente: a pesar de no desconocer lo que sucedería si nos parásemos unos segundos a pensar.
"Emboscarse", por volver al alemán, es salir de ese círculo de consignas y militancias.
Lo que está en juego es la moralidad individual en libertad.
Cada uno príncipe de sí mismo, pero príncipe honesto, capaz de trabajar en la reconstrucción de lo común.

Jünger, E., La emboscadura (Der Waldgang, 1951), Traducción Andrés Sánchez Pascual, Tusquets, Barcelona, 2011, p. 147.

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