P (1)

En la sala hacía demasiado calor; salimos al corredor y nos fuimos acomodando. Pele se sentó en el suelo, doblándose como una cortina que se descuelga de repente; yo me apoyé en la barandilla de madera que crujió como el gran eucalipto, y Mac desapareció un momento en la oscuridad y emergió de ella sudoroso para quedarse clavado en medio del pasillo con los brazos cruzados a la altura del pecho.
-Tenemos que irnos –dijo.
-Aquí ya no tenemos nada qué hacer –masculló Pele y escupió.
-Id vosotros, si tenéis a dónde, yo me quedo –aporté sin énfasis para no provocar más a Mac.
-No puedes quedarte, voy a incendiarlo todo. Solo me iré cuando haya visto convertido en cenizas todo esto.
–¿Tienes una buena razón para hacer tal cosa? –pregunté para ganar tiempo: sabía que la tenía.
–Puede que no sea buena, pero te aseguro que lo haré, contigo dentro si fuese necesario.
Pele asintió sin mucha convicción, tenía la vista perdida en la noche y respiraba con dificultad.
-¿Os acordáis del principio? –preguntó.
Sopló la brisa agitando los árboles, todo quedó en silencio durante una eternidad en la que se fue desvaneciendo la amenaza.

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