Víctimas

Si se ha logrado en verdad construir una comunidad, será político todo lo que sea asunto de la misma, todo lo público, o nada lo será. Aunque, tal vez, no sea tan interesante discernir qué cosa podemos o no calificar así como determinar si los medios con que se aborda su discusión y solución lo son. En tal caso, en esa comunidad todo debe abordarse desde la práctica política. No hay excusas ni causas de fuerza mayor que impidan hacerlo así. Si se abandona ese camino se abandona al tiempo la legitimidad y se está fuera. Todo cambio tiene, por lo tanto, que nacer de ese juego, pero ese juego no siempre es moral, más bien tiene reglas laxas que prohíben pocas cosas y dan pie a diversos supuestos dudosos y, a veces, infames (unas cuantas ideas justifican cualquier cosa). Con frecuencia los procesos producen víctimas porque no es siempre posible evitar el conflicto o porque el sistema en su funcionamiento atropella la dignidad de algunos de sus miembros más expuestos.
Al respecto:
Puede que no todas las víctimas sean inocentes (pero todos los verdugos son culpables).
La comunidad debe honrar a todas sus víctimas cualquiera que sea la razón de su destino (y juzgar a todos los verdugos y sus cómplices forma parte de ello).
Las víctimas son héroes, no hay nadie que pueda reclamar con tanta legitimidad tal derecho (deberían vivir para siempre en los cuentos que contamos a nuestros hijos).
(A propósito de J. Alfonso Romero P. Seguín, La hija del txakurra, Libros.com, Madrid, 2015).

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