El tipo del parque

Una vez conocí, aunque solo superficialmente, a un tipo de aspecto tan frágil como la gelatina de fresa, por su color y su tembloroso aspecto apelmazado cuando eructaba palabras en un idioma incomprensible por su demañada vocalización de las profusas consonantes que venían a sonar como golpes de cuchara en una lata vacía. Y no fue en un sueño aunque debería haber sido en un sueño fácil de olvidar después del café de la mañana, sino en la vigilia de media mañana misma en el banco de un parque bajo una hilera de arces dispares y desohojados por lo avanzado de una estación en la que, sin embargo, habían faltado las lluvias. Parece que ese era el origen de su agitación: melancolía de altas presiones, malhumor pluviométrico, añoranza de charcos. Allí se quedó cuando puse distancia suficiente entre ambos mediante el simple procedimiento de irme, de alejarme a 9 kilómetros por hora saltando sobre la greda seca y cuarteada de la avenida principal del parque céntrico de una gran ciudad en la que de seguro abundan individuos de los que emana esa profunda extrañeza u otras todavía más profundas.

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