Aquella tarde que pudo ser cualquier otra

Vamos, qué insinúas, escuchando el concierto para piano de Schumann, escuchando como hierve el arroz en la cazuela de Ikea sobre la placa de inducción, escuchando como la lluvia golpea sin piedad el cristal grueso de la claraboya justo encima de mí como si lo hiciese en un parabrisas de un coche lanzado a doscientos por hora por la AP-9, armado con esta estilográfica gloriosa, domándola, sujetándola con la fuerza justa para que la letra fluya pero no tanto como para que se torne ilegible, sentado en esta silla, comprada junto con la mesa bajo cuyo cristal resplandecen unos dibujos de Ana y uno a lápiz mío (que me recuerda a mis padres precisamente porque representa una escena que muy pocas veces les vi representar a ellos aunque debieron de hacerlo más a menudo de lo que yo pude presenciar, pero en la intimidad, en esa intimidad de antes que era más amplia e inaccesible y no diluida: un abrazo pleno de ternura que incluye un rozarse levemente la mejillas), en una de esas tiendas tan modernas del ensanche en las que apenas se puede encontrar un objeto que sea en verdad duradero y útil y que a estas alturas ya han liquidado existencias, y envuelto en esta atmósfera diáfana y agradable, envolvente, de claridad amarillenta que emana de dos puntos de luz, una lámpara de pie esbelta y la bombillita encastrada en la campana extractora, y en este confortable ambiente de 21 grados centígrados que la caldera rumorosa se encarga de mantener en esta tarde-noche que de todos modos incluso fuera no es tampoco fría, sí desapacible por el viento y la lluvia pero no fría, y en este lapso de tiempo que media entre el dejar a un lado el libro de Egan, desalojar del lavavajillas y poner a cocer arroz con aceite y ajo, y la llamada sobresaltante de Na al interfono que será el momento de aplazar lo que esté haciendo, podría escribir y escribir y escribir y llenar varias libretas como ésta sin un ápice de cansancio y sin que jamás, ni por un instante, llegase a esa encrucijada en la que algunos admiten que se quedan en blanco, sin nada más que añadir, sin palabras, y lo haría por nada, solo por el placer de hacerlo, como el que no deja de correr una vez que se ha echado al asfalto o el que no es capaz de callarse, solo por el placer inexplicable y fantástico de seguir siempre adelante, siempre diciendo algo...

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