Amor fati

Entrecomilladas en el Nietzsche de S. Zweig, F. leyó estas palabras: fórmula para la grandeza de un hombre; amor fati; no querer nada diferente de lo que ha sido, de lo que es, o de lo que ha de ser. Soportar lo fatal; más aún: no disimularlo; más aún: amarlo.
F. entra en el año nuevo como se entra en una prenda ajena hallada en el suelo.
F. preferiría estar en la orilla de Sena, a la sombra de uno de esos puentes que tanto frecuentó otros días, pero ha de transitar las calles de una ciudad meridional, sofocante, que comparte con los atareados visitantes de un mercado matinal. Se detiene a observar unas cabezas de cordero desolladas en sus ganchos. Cuando enciende el cigarrillo, juraría que las manos, además de sudar, tiemblan con un temblor ligero, casi imperceptible.
F. entra en el año nuevo donde el año nuevo lo sorprenda pero siempre como si fuese un tiempo viejo y de resignación más que de esperanza.
Luego, se lava las manos en una fuente y olvida el libro sobre la tapia. Se va: ni ligero ni pesado, más alegre que triste, a la conquista de su particular grandeza.

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