El silencio

Durante una temporada, atrás me he referido a ello, F. se apartó para entregarse a la escritura. Volvamos sobre el tema y dediquemos unas líneas a sopesar el resultado de aquel intento: el fracaso.
F., entre cuyos innumerables defectos no figura el de ser un embustero ante sí mismo, descubrió pronto las raíces de tan amargo fruto. Entendió que escribía sólo por obtener notoriedad, distinguirse, significarse, subrayar su singularidad... y no tardó mucho (menos de lo que se prolongó el experimento, que sólo sobrevivió ya por inercia) en descubrir que no encontraría sosiego en la escritura: cualquier texto, incluso siendo en verdad excelso, le traería a lo sumo el reconocimiento de los mediocres, la envidia de los ineptos y una posteridad frágil y del todo insustancial para el que ha dejado de existir. Nada útil aquí y ahora..., ninguna recompensa..., sólo algo entre la ceniza, un camino:
Aquello que F. ansiaba podría cobrarse con mayor eficacia y sencillez en el silencio.

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