Opinión

Supo convencerme con su voz lejana y áspera de que nunca había disparado a un inocente ("donde crecí y viví, no los había; todavía hoy no sé donde carajo se meten"), que había matado a unos hombres y herido a otros, y que muchas veces hubiese preferido matar a los que hirió y herir a alguno de los que mató ("muchos hombres merecen una bala, pero no todos la muerte, no siempre anduve listo para distinguirlos").
Las ideas tienen dobleces que imitan a las dobleces de la vida.
La otra mañana se le disparó la pistola, perdió un ojo pero se mantiene firme en sus opiniones.

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