Enfermedad

Si un escritor os dice que una vez oyó de un tipo que tenía como única dedicación, a la que toda otra se subordinaba, la de recolectar ácaros y que, entre las mínimas normas que se dio como márgenes de dicha actividad, estaba la de sólo admitir como dignos de recolección los ácaros que formaban colonias libres y que, por lo tanto, no se podía aumentar el almacén de los mismos con aquellos forzados a abandonar las alfombras dispersas por el suelo de las seis habitaciones de su casa, traídas por su abuelo materno del Líbano luminoso anterior a la guerra, ni de otros lugares semejantes, y que la intención de este tipo, que no era la suya una tarea baladí, era rellenar un almohadón de lino con lo recolectado y dormir sobre él en la idea de que habría de ser más ligero soporte para su cabeza que el de plumón de eider, a su entender, algo áspero y sólido, miente puesto que nadie le contó nada, ni él lo oyó de boca de nadie, sino que es asunto inventado sólo para hacerse considerar e, incluso, querer por gente a la no ha llegado, ni llegará, a tratar ni a conocer.
Del mismo modo que se nombró al enfermo, debería nombrarse también su enfermedad.

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