La escuela (nueva novela, fragmento, título provisional)

1. Bergerette y Pavana

Entablemos monólogo, batalla, en los primeros compases de esa música que suena cada tarde. Con ella, ineludible, comienza esta historia.
Si aguardáis en silencio, oiréis a este narrador mudo y analfabeto. Es suficiente que los fragmentos de la fábula transiten por su pensamiento para que ésta llegue a vosotros nítida y exacta.
Oídle:
he aquí algunas resonancias de la capa tisular de mi corteza cerebral. Soy el responsable de esta novelería y, al tiempo, un desdichado personaje cegado, en opinión de todos, por una maldad natural y necesaria. Silencio, suenan las cuerdas…, los primeros compases…
La música es una grabación antiquísima de las Old Dutch Dances de Julius Röntgen, su Op. 46, la número 5 y la número 6, Bergerette y Pavana. Suenan en todos los altavoces que aún están en uso en la región. Durarán cuatro minutos y veintiocho segundos y le sucederán, como siempre, Durch die Wälder, en la voz del tenor Peter Anders, en una grabación anterior a la primera en treinta y cuatro meses, que durará seis minutos y cuarenta y nueve segundos. Y así sucesivamente. Doce composiciones en total.
Sucesivamente, invariables, suenan en el crepúsculo cada día. Con ellas, Bartolomeus Mundt despide la emisión. Hoy, en el monólogo que las precede, se ha referido a los estragos de la lluvia en las veredas, ha perorado sobre la conveniencia de mantener libres de maleza los bosques, ha enumerado noticias irrisorias, llenas de mentiras y de datos insignificantes, tal vez extraídas de antiguos noticieros, ha traído a colación de nuevo la ausencia injustificada de un alumno a la sesión matinal de la Escuela, ha rememorado una guerra lejana que quizá sólo se libre en su imaginación.
Este cuento ha comenzado cuando arrancó la música y terminará cuando cese. Entonces sí notarán su falta los personajes, oyentes, que hasta entonces parecen no haber advertido su presencia. Entonces sabréis vosotros, los lectores, lo que yo sé y he querido entregar de ésta historia, será vuestra, podréis sopesarla, y concluir si os ha sido de utilidad dilapidar un instante de vuestras vidas, miserables y cortas como la mía, en conocerla y atesorarla.


En el principio, Ángela Mastra está ante la ventana mirando a lo lejos. Bartolomeus Mundt derrumbado en un sillón, exhausto después de tres horas de programa en las que no ha dejado de hablar. Sem Mastra ovillado en su rincón, sufriendo un intenso dolor de espalda, envidiando a sus compañeros que se van con las Lavanderas y abandonan la Escuela siquiera unas horas cada día, convencido de haber reunido el vigor suficiente para irse él también. El exanciano Ivo Seques vuelve a casa con paso lento cargando un haz breve de leña menuda. Alban Loos, el luthier, barre por última vez su taller, henchido de orgullo y esperanza. Chabblis, Quine y Morelos, hace rato que se han separado y regresado a sus habitaciones, donde les aguardan infinitas cuestiones sobre las que cavilar.

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