Concreción de un proyecto difuso

Parece que la crisis, esa amalgama de cosas en la que llevamos lustro y medio ya, ha traído como consecuencia en lo que a ideas se refiere un desplazamiento lento de la población hacia la izquierda. Si así fuera debería advertirse esa tendencia no solo en las encuestas, no solo en el responder a bote pronto "si hoy hubiese elecciones votaría a...", sino también en la difusión de valores o formas de entender la relaciones políticas, sociales y económicas en el seno de la comunidad. Si muchos se han ido deslizando hacia el lado progresista hasta ser más que los que no lo han hecho, tendrá ello en buen lógica que suponer que la mayoría estima que son elementos positivos para la comunidad la defensa de lo público frente a lo privado, la cooperación y solidaridad frente al interés propio, la honestidad, la distribución de la riqueza, la prosperidad compartida, la responsabilidad, la preservación del medio ambiente, la igualdad, la libertad, el diálogo y la crítica constructiva, etc. Si así fuera, significaría que la crisis nos ha hecho moralmente mejores a todos a través de la evolución de cada uno, conclusión esperanzadora puesto que igualmente podríamos haber ido en sentido contrario y caer hacia el lado totalitario, por ejemplo.
Así ya solo restaría conformar, como tarea titánica pero posible y necesaria, un proyecto como país a medio y largo plazo, pensar a dónde vamos, a dónde queremos llegar y establecer estrategias para conseguirlo. Cómo solventaremos el endeudamiento, resolveremos el problema territorial, encajaremos en un estado laico a la Iglesia católica, cuál será nuestra política energética y qué coste ecológico tendrá, cómo racionalizaremos sectores industriales y de servicios para que sean prósperos y competitivos, cómo lograremos que las empresas no tengan como objetivo fundamental solo el beneficio sino también la utilidad del servicio o el producto y el bienestar de sus trabajadores, cómo fomentaremos la educación pública y como haremos de nuestra universidad una institución útil de la que sentirnos orgullosos... En fin, cómo moralizar la vidad pública para que las personas sean fines y no medios según exige su dignidad.
Pero a esas alturas se suele tropezar con obstáculos.
Están por ejempo los partido políticos, esas jarárquicas y muy poco democráticas máquinas de pensar en lo suyo a cortísimo plazo, improvisando, con programas de última hora que concretan algo ideas vagas y difusas que creen que es lo que la gente, su electorado, quiere oír. De los cuales no es difícil concluir si bien se piensa que se han convertido en armatostes decimonónicos prescindibles y abandonado sin saberlo su carácter de exclusivos clubs a los que ineludiblemente hay que acudir, o imitar, a la hora de hacer política.
Y luego están los media que no sirve a la sociedad sino que la moldean para que quepa en la imagen que los grupos de poder tienen de ella. Que quisieran ser ámbitos donde crear pensamiento y contrastar ideas y son simplemente escaparates donde tomar ocurrencias para conformar opiniones sin trascendencia.
Y luego estamos nosotros, los ciudadanos anestesiados, enfadados con todos y con todo, sentados, propagando ideas desechables que se incorporan sin consecuencia al estruendo de fondo y esperando a que se nos pase la fiebre progresista, ya enfermamos otras veces...

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