Experimento de F.

Considera esto, continuó F, si mato a un hombre, lo defenestro, lo ensarto, lo aplasto, lo acribillo, pongamos por caso, el resultado de mi acción en el mundo es la simple sustitución de un ser humano por su correspondiente despojo, su cadáver.
Eso decía Aranguren, apunté.
Por supuesto, Ética, página 68.
Continúa. Trajeron la botella de vino y dos copas.
Pero el resultado en mí mismo es que la posibilidad de ser homicida, potencial en todos los casos, se ha hecho verdad, acto, y se ha incorporado a mi realidad modificándola profundamente y esa apropiación no se expresa en un solo y único instante, el del disparo que no fue accidental ni fortuito, que fue intencionado, voluntario, sino que ocurre continuamente a lo largo de la vida y de un modo ya inexorable.
¿A qué viene todo eso? ¿Qué has hecho?
Le disparé a un tipo y desde ese instante no dejo de hacerlo cada día.
¿Quién era?
¿Qué importancia para el experimento puede tener ese dato?
¿Hablas del infierno del remordimiento?
¿Por quién me tomas? Soy un individuo plenamente contemporáneo.
Alzamos las copas.

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